jueves 23 de abril de 2009

Romeos de nuestros tiempos


¿Quién no ha escuchado nunca la triste historia de Romeo y Julieta? Tantas veces se ha relatado esta historia, incluso a través de otras, que ya no parece ninguna novedad.

Nos asombraríamos si contásemos las veces que el relato básico (el amor imposible) ha sido escrito. Figuras europeas, como Tristán e Isolda; leyendas araucanas, de amor entre un español y una nativa; Tita y Pedro de "Como agua para chocolate", también sirven de ejemplo. Las telenovelas son una historia aparte, de modo que mejor ni acordarse, porque nos daría jaqueca.

Al parecer, la triste historia de los amantes que no pueden estar juntos por razones ajenas a su voluntad caló hondo en nuestro imaginario y se instaló para no irse más de los relatos de nuestra cultura.

Hace un par de días reflexionaba sobre el gusto que nos da complicarnos la existencia con "cariños malos" (que se hacen los buenos, pero ése ya es otro cuento). Hoy me doy cuenta que no se trata sólo de situar el problema en el doncel o la doncella: se trata de situar el problema que haga imposible o vano el amor. Para Romeo y Julieta, la edad, la dependencia familiar, la cultura y la historia estaban contra ellos. Sólo la muerte podía reunirlos para siempre y así fue. Para otros amantes, la dificultad varía, pero siempre está. Algo hay en nuestra historia o en la psicología de nuestra adolescencia que hace de este sencillo relato uno de los más famosos de la historia, y uno de los más repetidos también.

En este día del libro, y recordando a Shakespeare, desde luego, extiendo la invitación a reencantarse con esta pequeña obra, tan simple en su forma y tan apasionante y enternecedora.

viernes 17 de abril de 2009

Los chicos malos ahora son buenos

¿Qué tienen los antihéroes que los hacen tan atractivos a las damiselas en peligro? Ahí teníamos a Doña Inés, cautiva de un villano; qué decir de Ema Bovary o Ana Karenina; la verdad es que si nos ponemos exigentes, ni Romeo se salva, por voluble. Al parecer, la cultura simpatiza (¿o empatiza?) con quienes desafían sus principios más arraigados.

Los marginales, los delincuentes, los asesinos en serie han sido tema de la literatura desde siempre, y la razón de ello parece ser mucho más compleja de lo que pudiésemos creer. Será tal vez que como Harry Haller y el doctor Jeckyll, nos reconocemos un poco en el enemigo, y vemos a través de sus bestialidades a la propia bestia que cargamos dentro.  Sábato dijo alguna vez que escribía porque le servía de exorcismo. Al parecer, necesitamos ver nuestros demonios para sentirnos libres de ellos.

El caso es que los héroes dulzones ya no convencen a nadie. No hay heroísmo verdadero si no hay algún defecto acechando con quitarnos la gloria, ni dan ganas de leer la historia si sabemos desde un principio que todo va a salir bien. Sí, ¿para qué engañarnos? Apuesto a que más de algún perverso gozó con ver al sufrido Frodo peleándose con Gollum por el anillo, y que más de alguno hubiese deseado que el gorro siniestro de Harry Potter lo hubiese mandado a Slytherine en lugar de al beatífico Grinfindor.  

Yendo aún más lejos: ¿acaso hasta los héroes más nobles no deben transgredir más de alguna norma para realizar su cometido? Pareciese que se nos ha reprimido tanto esta naturaleza negativa del ser humano, que la única vía de escape que encuentra para manifestarse socialmente es la literatura.

Vean al último engendro de moda: Edward Cullen. Descrito por su creadora como lo último en belleza, refinado, cortés, caballero, preocupado de rescatar a su damisela de todos los peligros en los que ella misma se pone (otra Inés que fue hecha para morir), romántico y apasionado. Ahí tienen a la fila de adolescentes suspirando por este nuevo galán. ¿Y quién es el chico maravilla? ¡Ah, un vampiro! Pero no pasa nada. Es un vampiro "bueno".  ¿Se puede ser vampiro y ser bueno? Según la autora, sí. A mí me parece que estamos viéndole la cara amable a mr. Hyde. 

La figura del vampiro es bastante especial y dice mucho de la naturaleza humana.  A diferencia de otras bestias literarias como los hombres lobo, los mister hyde y demases, los vampiros tienen
algo del cinismo que esconde lo maligno  debajo de la piel del cordero. Es uno solo siempre (no se convierte de bueno a malo; más bien "se hace el bueno, pero es malo"). Su naturaleza nocturna nos recuerda lo subconsciente, aquello que se deja oculto, lo que no se desea ver o asumir a la luz pública, como los instintos que se han reprimido durante siglos (violentos, sexuales, hedonistas, etc.). Y su modo de supervivencia, tomando la vida de los demás, no es sino la sublimación de estos mismos instintos reprimidos. ¿Qué hay en la vida más inmortal, más deseado y temido, más irresistible y antisocial que el principio del placer? Los vampiros han representado hasta ahora toda esa fuerza de la naturaleza que guardábamos en el sótano bajo siete llaves. Y digo "hasta ahora", porque por alguna razón en estas dos últimas décadas nos ha dado por pensar en los vampiros como seres nobles, arrebatándole toda su naturaleza monstruosa y poderosa, y acercándolos pusilánimemente a nuestra correcta sociedad domesticada. 

¿Estaremos sublimando lo ya sublimado? ¿Es este nuevo Edward Cullen la viva imagen de nuestro temor a tener miedo de nosotros mismos? ¿o será sólo el reflejo del intento por domesticar a esta bestia, a la manera de las niñas buenas que se enamoran de niños malos para convertirlos en buenos otra vez? Resolver estas preguntas no hará que los niños lean más ni menos el libro en cuestión, ni dará respuesta a los grandes enigmas de la realidad, pero algo me dice que es una pregunta que en algún momento debemos hacernos, para no sentirnos como el hincha que llegan al partido en el medio tiempo y el gol le pilla desprevenido.